Bitácora
Crónicas del viaje en orden cronológico
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Excelente Día 1 — Aguilar de Campoo → Aguilar de Campoo
Cañón de la Horadada — la puerta de entrada al primer día
Eremitorio rupestre — uno de los templos excavados más impresionantes de España
Las Tuerces — laberinto kárstico a más de 1000 metros de altitud
Cañón de la Horadada visto desde arriba Empezar una ruta circular desde el mismo pueblo donde se va a dormir tiene algo de engañoso: la mente no termina de tomárselo en serio, como si fuera un calentamiento. Pero el Cañón de la Horadada se encarga de corregir esa percepción en los primeros kilómetros. El barranco abre de golpe a ambos lados y el camino pasa a ser una rendija entre paredes de roca caliza que el Pisuerga fue labrando durante milenios. Hay un túnel de cinco metros con escaleras donde toca bajar de la bici. No es un problema, es un ritual de entrada.
El Eremitorio Rupestre de los Santos Justo y Pastor fue la primera parada que no estaba calculada como parada. Son celdas excavadas directamente en la roca, mirando al cañón, con la tranquilidad de quien eligió ese lugar sabiendo exactamente lo que hacía. Seguir pedaleando después cuesta un poco. Las Tuerces, en cambio, son todo movimiento: un laberinto de agujas y arcos de piedra caliza a más de mil metros donde la roca parece haber perdido el norte. Hay una ventana natural desde la que se ve el valle entero.
El Castillo de Gama fue la nota final inesperada. Hay un tramo de veinte metros donde hay que empujar la bici para no caer rodando, pero lo que aguarda arriba —una arista de roca con el valle al norte y la sierra al fondo— vale el esfuerzo de cinco veces ese tramo. Volvemos a Aguilar con menos de cuarenta kilómetros en las piernas, mucho polvo blanco en los neumáticos y la certeza de que esto que empieza va en serio.
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Excelente Día 2 — Aguilar de Campoo → Aguilar de Campoo
Monasterio de Santa María la Real — fundación del s. X, claustro románico bien conservado
San Martín Obispo (Matalbaniega) — más de 70 canecillos figurados de nivel excepcional
Ermita de Santa Eulalia — pinturas románicas del Juicio Final, una de las mejores de CyL
Ermita de Santa Cecilia (Vallespinoso) — considerada el templo románico rural más armonioso de Palencia Setenta kilómetros de románico rural no son lo que uno imagina cuando escucha "día de cultura". El circuito palentino funciona de otra manera: la bicicleta te impone un ritmo que es exactamente el que estos pueblos y estas iglesias necesitan para ser comprendidos. Llegamos a Matalbaniega sin esperar gran cosa y encontramos la iglesia de San Martín Obispo con más de setenta canecillos figurados en la cornisa —músicos, bestias, escenas que el s. XII no habría podido publicar en ningún sitio oficial—. Una hora podría haberse ido solo en eso.
Lo que distingue este románico del que uno visita en las ciudades es que aquí no hay red de protección. Las iglesias están en pueblos de veinte casas, los campos las rodean, y en algunos casos la única puerta abierta es la que da al cementerio de al lado. La Ermita de Santa Eulalia en Barrio de Santa María tiene pinturas del Juicio Final —Pantocrátor en mandorla, apóstoles en procesión— que se conservan en una ermita que parece imposible que siga en pie. La Ermita de Santa Cecilia en Vallespinoso es más pequeña todavía, pero tiene una proporción y una calma que hacen que uno entienda por qué la llaman el templo románico rural más armonioso de Palencia.
Doce pueblos en setenta kilómetros es un ritmo que obliga a parar más de lo que se planea y pedalear más rápido de lo que se querría entre paradas. Llegamos a Aguilar por la tarde con las piernas bien trabajadas y la cabeza llena de capiteles esculpidos, piezas bautismales firmadas y espadañas que se recortan contra la sierra. Es el tipo de cansancio que no pide descanso, sino conversación.
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Duro Día 3 — Aguilar de Campoo → Cervera de Pisuerga
Montaña Palentina — la etapa más salvaje de la ruta
Alta Montaña — el entorno de los collados de la Pernía
Colegiata de San Salvador de Cantamuda — románico del s. XII en el corazón de la Pernía
Abadía de Lebanza — monasterio románico del s. XII en uno de los parajes más remotos
Collado del Portillo (1.333 m) — zona de presencia confirmada de oso pardo cantábrico Hay etapas en las que el cuerpo lleva la cuenta de cada kilómetro y esta fue una de ellas. Más de mil seiscientos metros de desnivel acumulado en setenta y cuatro kilómetros con superficies que cambian sin avisar —asfalto en los fondos de valle, pista consolidada en las laderas, sendero técnico en los tramos de puerto— es una combinación que no perdona los errores de ritmo. Salimos de Aguilar bien, atravesamos Cillamayor y bajamos al Valle de Orbó camino de Barruelo de Santullán, donde la arquitectura minera del carbón todavía se lee en el paisaje aunque las minas lleven décadas cerradas.
El ascenso hacia El Portillo (1.333 m) fue el primer momento de verdad del día. No es el punto más alto de la etapa, pero es donde uno empieza a entender en qué terreno está. Desde Estalaya, el desvío para ver El Roblón —un roble de más de quinientos años que emerge del bosque como si hubiera decidido crecer sin preguntarle permiso a nadie— fue la mejor decisión espontánea del día. La Colegiata de San Salvador de Cantamuda y la Abadía de Lebanza son los dos hitos que hacen que el esfuerzo no se reduzca a un número de metros de desnivel.
El techo de la etapa está en el collado a 1.411 metros, donde la Cordillera Cantábrica aparece al fondo como una pared blanca. Bajamos por la zona de presencia confirmada de oso pardo cantábrico —ningún avistamiento, pero la idea no abandona— bordeando el pantano de Requejada hasta Cervera de Pisuerga. Llegamos con las fuerzas justas. Es de las pocas veces en las que el hotel tiene más valor que cualquier hito del camino.
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Excelente Día 4 — Cervera de Pisuerga → Velilla del río Carrión
Alto de la Varga (1.437 m) — divisoria entre las cuencas del Pisuerga y el Carrión
Mirador de Alba de los Cardaños — considerado el mejor mirador de toda la ruta
Embalse de Camporredondo — inaugurado por Alfonso XIII en 1930
Ruta de los Pantanos — la carretera más espectacular de Palencia
Peña Espigüete (2.450 m) — referencia visual constante de toda la etapa La P-210 es la mejor carretera de las que se pueden pedalear en la Montaña Palentina. El tráfico es casi inexistente y el paisaje no da tregua en ningún kilómetro. Desde Cervera el ascenso al Mirador del Alto de la Varga (1.437 m) es progresivo, con la Peña Espigüete —ese bloque piramidal de caliza a 2.450 metros— apareciendo y desapareciendo entre las curvas según la orientación del camino. Llegar arriba y tener la divisoria entre las cuencas del Pisuerga y el Carrión bajo las ruedas es uno de esos momentos en los que el mapa cobra sentido físico.
El descenso encadena cuatro embalses. El de Ruesga aparece primero, azul entre montañas, construido en 1923 cuando la ingeniería hidráulica todavía usaba piedra y tiempo. El de Camporredondo, inaugurado por Alfonso XIII en 1930, aparece encajado entre laderas de haya y pino desde el mirador de Alba de los Cardaños con el Espigüete de fondo. Es el mirador que uno recuerda cuando alguien pregunta por qué la Montaña Palentina merece el viaje. El Restaurante El Abuelo en Camporredondo de Alba fue la parada del día: cocina de puchero y tradicional dentro del parque natural, exactamente lo que los ochenta kilómetros anteriores demandaban.
El desvío a Valcobero no estaba en el plan pero el cartel apareció y la curiosidad pudo más. Un pueblo casi abandonado desde 1970 con arquitectura de piedra perfectamente conservada por el frío y el olvido. El silencio es de los que se escuchan. Los últimos kilómetros hasta Velilla por la orilla del embalse de Compuerto cerraron una etapa que tiene todo lo que uno busca en un día sobre la bicicleta: esfuerzo, paisaje, comida de verdad y un sitio que no estaba en el mapa.
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Excelente Día 5 — Velilla del río Carrión → Aguilar de Campoo
Camino Olvidado de Santiago — ruta jacobea del s. IX-XII recuperada y señalizada
Iglesia de Traspeña de la Peña — friso con Cristo en Majestad rodeado de apóstoles
Necrópolis de Corvio — veinte tumbas medievales excavadas directamente en la roca
Puente medieval de Salinas de Pisuerga — cruzado por peregrinos jacobeos del s. IX al XII El Camino Olvidado de Santiago tiene ese nombre porque durante siglos nadie lo buscó. Los peregrinos medievales lo usaron entre los siglos IX y XII para llegar a Compostela evitando los territorios en conflicto del sur, y cuando el Camino Francés se impuso como ruta principal, este quedó borrado del mapa durante ochocientos años. Recorrerlo en sentido inverso, de Velilla a Aguilar, tiene algo de arqueología: cada tramo de calzada histórica, cada pueblo de Las Peñas, cada iglesia en un núcleo de veinte habitantes, es una capa de tiempo que la bicicleta va desenterrando.
El corredor de Las Peñas —Cantoral, Traspeña, Villanueva, Aviñante, Tarilonte, Santibáñez— es una sucesión de pueblos dominados por paredes rocosas al norte que les dan nombre y carácter. La iglesia de la Transfiguración en Traspeña tiene en su portada un friso con Cristo en Majestad rodeado de apóstoles que sorprende en un pueblo que no llega a los cincuenta vecinos. La necrópolis de Corvio —veinte tumbas antropomorfas excavadas directamente en la roca arenisca, en muy buen estado de conservación— es el tipo de hallazgo que hace que uno deje la bici apoyada en la piedra y se quede parado un rato sin saber muy bien qué pensar.
El puente medieval de Salinas de Pisuerga es el último hito antes de que el camino se haga ancho y el tráfico regrese. Los peregrinos medievales cruzaban este mismo puente camino a Compostela. Aguilar aparece en el horizonte con el castillo del s. XIV en la cresta y el monasterio de Santa María la Real al pie. Cerrar un círculo de 326,5 kilómetros en el mismo punto donde empezó tiene un peso que ningún dato puede explicar del todo. El atardecer sobre el castillo fue el colofón que merecía.