Bitácora
Crónicas del viaje en orden cronológico
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Muy duro Día 1 — Ezcaray → San Andrés
Monasterio benedictino del s. XI encajado entre hayas. El 9 de septiembre, día de la peregrinación diocesana
A 1.548 m, donde termina el asfalto y empieza la sierra de verdad
Puerto a 1.412 m, 10,75 km de ascenso desde Brieva. La segunda subida grande del día
Último pueblo antes de San Andrés. Acceso a las Cuevas de Ortigosa, el único kárstico visitable de La Rioja Éramos cuatro y teníamos un plan, un coche de apoyo y muchas ganas. Lo que no teníamos era una idea real de lo que esperaba la Sierra de la Demanda en el primer día. Cien kilómetros y dos mil seiscientos metros de desnivel sobre el papel; algo completamente diferente sobre las piernas.
La salida de Ezcaray fue suave, por el bosque de pinos y hayas que rodea el valle del Oja. Con lluvia fina, el camino hasta el Refugio de Bonicaparra tenía esa luz verde filtrada de los días húmedos en la sierra. A partir del refugio terminó el asfalto y llegó la pista, y con ella el Collado de Marrulla a 1.548 metros. Los nueve kilómetros bordeando el Monte San Lorenzo por el cordal fueron espectaculares y agotadores a partes iguales.
El tramo del GR-190 fue la sorpresa del día, y no del tipo agradable. Un canchal resbaladizo en la entrada, un barranco donde había que maniobrar con la bici cargada, y el descenso posterior al Monasterio de Valvanera que llegó cuando el cuerpo ya tenía demasiados kilómetros acumulados. Fue el 9 de septiembre: el día de la peregrinación a Valvanera. El bar del monasterio estaba abierto y lleno de gente —un punto de parada que no estaba en ningún plan pero que se agradeció como pocas cosas en el día.
Brieva de Cameros para comer y rellenar bidones. Puerto de Peña Hincada. Las Cuevas de Ortigosa. San Andrés llegó con la oscuridad ya cerca y las piernas en un estado que ninguno de los cuatro quería comentar en voz alta. El día más duro de la ruta, en el primero.
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Bueno Día 2 — San Andrés → Arnedillo
Descenso desde las icnitas de Peñaportillo. 17 huellas consecutivas de terópodo a pie de camino
Huellas de terópodo y reproducciones a escala real. Declarado BIC en 1999
Kilómetros de pista entre aerogeneradores. Una de esas imágenes que no aparecen en ninguna guía
Villa termal a 640 m, Reserva de la Biosfera UNESCO. Las pozas: 35-40 °C, gratuitas 24 h Después de la paliza del primer día, la E2 fue exactamente lo que necesitábamos: una etapa manejable que deja disfrutar del paisaje sin que el esfuerzo lo tape todo. Cincuenta y siete kilómetros, ochocientos metros de desnivel. Salimos de San Andrés con la certeza de que el día iba a ser mejor que el anterior, y así fue.
El Collado de Sancho Leza a 1.401 metros fue la única subida seria. La bajada posterior, larga y por carretera en buen estado, fue la primera descarga real de piernas de la ruta. En el cruce del río Leza había que elegir: el trazado original de la Ibérica Norte tira al sur por la LR-466, pero Arnedillo está por la LR-464, y los yacimientos de dinosaurios también. Elegimos los dinosaurios.
El Yacimiento de Peñaportillo llegó antes de Munilla: diecisiete huellas consecutivas de terópodo, reproducciones a escala real junto a la roca original. El Casino de Munilla fue la parada del día —cocina riojana y tiempo suficiente para que la conversación se alargara más de lo previsto. El tramo del parque eólico por las crestas, con los aerogeneradores marcando el horizonte, fue una de esas imágenes que no aparecen en ninguna guía.
Arnedillo llegó por carretera, encajada en el cañón del Cidacos. Las pozas termales con el agua a 40 grados cerraron el día de la única manera posible después de 57 kilómetros y la acumulación del anterior.
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Bueno Día 3 — Arnedillo → Arnedillo
Más de 3.000 huellas catalogadas en el municipio de Enciso. Visibles desde la carretera
Icnitas de terópodos, saurópodos e iguanodontes del Cretácico Inferior, hace 120 millones de años
Aldea semi-abandonada. El camino embarrado y la patilla rota nos dieron la excusa para parar
34 km de vía verde entre huertos y sotos fluviales. El mejor tramo de regreso posible La etapa circular del día 3 fue la más variada de todas: subir a la zona de los dinosaurios por la mañana, volver por la Vía Verde por la tarde, y llegar a Arnedillo desde donde habíamos salido. La variedad compensó. El imprevisto también, aunque en el momento no lo parecía.
A mitad del camino hacia Ambasaguas, en plena pista, la patilla del cambio cedió de golpe. Con la cadena en el plato fijo y el terreno que quedaba por delante, terminamos la etapa como pudimos: despacio, calculando cada cambio de ritmo. La aldea mereció la parada forzosa: calles empedradas, casas de mampostería, un puente medieval sobre el arroyo de la parroquia. La clase de lugar que solo ves si el camino te obliga a frenar.
Los yacimientos de dinosaurios estuvieron a la altura: más de tres mil huellas en el municipio de Enciso, algunas visibles desde la carretera sin bajarse de la bici. En Muro de Aguas, la fuente de los caños —dieciséis según los lugareños, a quince litros por segundo— fue el mejor punto de agua de la ruta.
La Vía Verde del Cidacos fue el regalo de la tarde: 34 kilómetros sin desnivel apreciable, firme de zahorra, y al final el túnel de 500 metros iluminado con arcos de ladrillo a los lados. La salida del túnel termina prácticamente encima de las pozas termales. El ritual se repetía solo.
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Bueno Día 4 — Arnedillo → Logroño
El Ebro como guía en la segunda mitad de la etapa, hasta el Puente de Piedra de Logroño
Construido en 1750. Durante siglos uno de los tres únicos puentes entre Miranda y Tudela
178 ha, Humedal Internacional desde 1996. Flamencos sobrevolando el embalse en el tramo final de ribera
El Matrimonio del Blanco y Negro y el champiñón con gamba del Soriano. El final de etapa que se gana El día más largo de la segunda mitad de la ruta. Noventa kilómetros desde el cañón del Cidacos hasta Logroño, con el Ebro como protagonista de la segunda mitad. Una etapa que se divide sola: la primera parte más exigente, la segunda monótona pero con el río siempre cerca.
La salida de Arnedillo nos puso en alerta enseguida: el Camino Natural del Ebro estaba dañado por el temporal. Árboles volcados, terreno erosionado. Cogimos la carretera hasta Imaz, antes de Mendavia, y retomamos el camino desde ahí. El Puente de Lodosa mereció la parada: construido en 1750, nueve arcos, 340 metros sobre el Ebro. El refrán lo inmortalizó con razón.
El tramo de ribera fue lo que es: fácil, sin historia técnica, monótono. Los kilómetros que se agradecen cuando las piernas están cargadas pero que no dejan recuerdos especiales. La Bodega Rioja Vega apareció antes de lo esperado, con sus viñedos rodeando la carretera. Las Cañas se anunciaron con flamencos sobrevolando el embalse.
La entrada a Logroño por el norte, bordeando polígonos, terminó en el Puente de Piedra con un grupo de peregrinos cruzando en el mismo momento. La Calle Laurel esperaba al otro lado: el Matrimonio del Blanco y Negro y el champiñón con gamba del Soriano. Etapa perfectamente cerrada.
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Bueno Día 5 — Logroño → Briñas
Los toboganes entre viñedos que definen el ritmo de toda la etapa
El paisaje alavés en la segunda mitad, con el Ebro acercándose
5.000 años de historia. Restos de 39 personas. La parada más larga de la etapa
Ciudad del s. X con más de 300 calados subterráneos y autobuses en todas las puertas La etapa de los dólmenes y el vino empezó cruzando el Puente de Piedra en dirección a Oión, los primeros kilómetros como calentamiento antes de entrar en la Rioja Alavesa. Lo que vino después fue una sucesión de toboganes entre viñedos que marcaron el ritmo de todo el día: sin grandes puertos, pero con el sube y baja acumulando en silencio.
Lanciego fue la primera parada real: pueblo vitícola con aceite de oliva de denominación propia. Pocos kilómetros después, el Dolmen El Encinal apareció entre las vides. La Chabola de la Hechicera, a la salida de Elvillar, fue la que justificó la parada larga: cinco mil años, treinta y nueve personas enterradas en el mismo espacio durante milenios, nueve losas formando la cámara funeraria. El Alto de la Huesera llegó antes de Laguardia.
Laguardia interrumpió el recorrido con fuerza: ciudad amurallada, cinco puertas de acceso, autobuses de turismo aparcados en todas ellas. Avituallamiento en un bar del centro y a seguir. La segunda parte de la etapa fue más llevadera con el Ebro apareciendo a partir de Baños de Ebro. San Vicente de la Sonsierra obligó a subir hasta el castillo —construido en 1170, mayor fortaleza navarra en el Ebro. Ninguno de los cuatro bajó sin haber subido.
Briñas llegó al final del día como una aldea sacada de otro siglo: calles vacías, palacios nobiliarios, el puente de siete ojos sobre el río. La mejor etapa de la semana.
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Bueno Día 6 — Briñas → Ezcaray
Barrio de la Estación de Haro: el mayor conjunto de bodegas centenarias del mundo en un barrio
Haro, capital del vino de La Rioja Alta y puerta de entrada a la última etapa
El Camino Francés cruza Grañón. Sus bares de peregrinos son el mejor avituallamiento antes de la sierra
Punto de viraje con vistas sobre el valle del río Oja. A partir de aquí, solo queda bajar La última etapa tenía la lógica de los cierres: la primera mitad entre bodegas y pueblos de valle, la segunda subiendo a la sierra para bajar a Ezcaray. Dos personalidades en 71 kilómetros, con el Barrio de la Estación de Haro como primer hito del día y los Montes de Ayago como penúltimo.
Haro se recorrió por el mayor conjunto de bodegas centenarias del mundo en un solo barrio, construido cuando la filoxera obligó a los franceses a venir a buscar vino a La Rioja. Sajazarra fue la sorpresa del tramo llano: castillo del siglo XV, casco histórico medieval, iglesia románica con torre barroca. Uno de los Pueblos más Bonitos de España que ninguno de los cuatro tenía en el radar antes del viaje.
Grañón fue la parada antes de la sierra, aprovechando los bares para peregrinos del Camino de Santiago. A partir de ahí el camino subió de verdad. En Quintana empezó la parte dura: dos kilómetros de pista rota por las lluvias, con los mosquitos del roble sobrevolando la cara sin tregua. Estábamos en los Montes de Ayago, rodeados de hayedo y señales de senderismo. La parte difícil no duró mucho; el resto de la subida compensó con paisaje y algún descenso que dejaba respirar.
La bajada fue rápida: primero pista por la zona de pastos, con el acebal de Valgañón a la derecha. Luego asfalto y el descenso final a Ezcaray en minutos. El mismo pueblo de donde habíamos salido seis días antes. Las mismas casonas barrocas. Cuatrocientos cuarenta y seis kilómetros después, en cuatro, con coche de apoyo y turno de conductor, habíamos recorrido La Rioja de una manera que difícilmente se olvida.